jueves, 11 de diciembre de 2008

Fernando de Quintanilla


Fernando de Quintanilla nació en Lora del Río (Sevilla) hacia 1720. En 1741 ingresó en la orden militar de San Juan de Jerusalén, llegando a alcanzar en ella los cargos de caballero Gran Cruz de la Sagrada Religión de San Juan, de bailío del Santo Sepulcro de Toro y de comendador de las encomiendas de Cubillas y Cubillejas. Se decantó profesionalmente por la vida militar, en la que llegó a alcanzar el grado de coronel del regimiento de España; pero a causa de su delicada salud, decidió retirarse a su localidad natal. Allí se encontraba cuando Pablo de Olavide lo convenció para que se ocupase del establecimiento y gobierno de las Nuevas Poblaciones de Andalucía, para lo cual lo nombraría su subdelegado el 15 de julio de 1768.

Sin duda, en los primeros meses de la existencia de las nuevas colonias, el trabajo de Quintanilla fue muy intenso y, en alguna ocasión, complicado. El 24 de abril de 1769 comenzó uno de los episodios, tal vez, más desagradables con que se habría de enfrentar, pues comenzó la visita de don Pedro José Pérez Valiente, un inspector que, llegado directamente de Madrid, habría de mirar con lupa todos los detalles del establecimiento de las nuevas colonias; quedando Olavide apartado provisionalmente de su cargo hasta que finalizara esta comisión.

Conforme ésta se fue desarrollando, Quintanilla observó cómo Pérez Valiente encontraba más defectos que virtudes a todo su esfuerzo y decidió escribir a Miguel de Múzquiz, por entonces secretario de Hacienda, pidiéndole que aceptase su dimisión; pero no se accedió a lo solicitado. En mayo de 1772, a propuesta del superintendente Olavide, y en atención a sus méritos, el rey le concedió el grado de intendente de provincia y un sueldo de 30.000 reales pagados por la tesorería de Sevilla.

De este modo, en los años siguientes, ya como intendente de las Nuevas Poblaciones de Andalucía, trabajó intensamente bajo las órdenes de Olavide para el fomento de dichas colonias. Pero la desaparición del superintendente de la dirección de las Nuevas Poblaciones en 1776, así como la sentencia condenatoria del autillo inquisitorial de 1778, serían sin duda dos hechos que moverían al desánimo a Quintanilla. Al menos esto es lo que parece deducirse de las distintas peticiones que dirigió a partir de entonces al secretario de Estado y del Despacho Universal de Hacienda para retirarse a Lora del Río. En la primera de ellas, haciendo referencia a su quebrantada salud, pide poder restituirse a su antiguo retiro conservando el grado de intendente de provincia y los 30.000 reales de sueldo que cobraba anualmente, con lo cual estimaba que se premiarían adecuadamente sus trabajos y gastos. Y si ello no era posible que, al menos, se le permitiese retirarse a una casa de campo. El rey no accedió a concederle el retiro, pero sí a que pudiera disponer de tres meses al año para estar en la casa de campo que indicaba. Al año siguiente vuelve a insistir, solicitando, en consideración a los elevados gastos que había tenido que hacer en las colonias, el grado y sueldo de intendente de ejército; a lo cual el monarca tampoco accederá.

Finalmente, a comienzos de 1784 elevará una representación a Miguel de Múzquiz en la que, en consideración a su quebrantada salud, solicitaba la jubilación con el grado de intendente de provincia y la mitad del sueldo que gozaba. En esta ocasión sí se atendieron sus peticiones, concediéndosele por real orden de 19 se septiembre de 1784 la jubilación que pedía. Finalmente, Quintanilla fallecería en su localidad natal en 1800, quince años después de su salida definitiva de la colonia de La Carlota.


Fuente: Adolfo HAMER, La Carlota, apuntes para su historia, Madrid, Bubok Publishing, 2008, pp. 114-116.