jueves, 11 de diciembre de 2008

Pablo de Olavide y Jáuregui


Hablar del origen de las conocidas como Nuevas Poblaciones sin referirnos a Pablo de Olavide es casi imposible. Éste no sólo fue el principal ejecutor material de la empresa, sino que además le imprimió un sello tan particular que si no le conocemos profundamente a él, no entenderemos buena parte de su obra. Obviamente, aquí no podemos extendernos en este sentido, pero sí ofrecer una breve semblanza de su apasionante trayectoria vital.

Pablo de Olavide y Jáuregui nació en Lima el 25 de enero de 1725 en el seno de una destacada familia de la capital del virreinato del Perú. Allí estudió con los jesuitas, doctorándose en ambos Derechos por la Universidad Mayor de San Marcos; donde fue nombrado catedrático de Teología con sólo dieciocho años. En 1745 accedió a una plaza de oidor de la audiencia de Lima; aunque muy pronto se marchó a España. Tras el devastador terremoto de 1746, que asoló su ciudad natal, fue nombrado comisario de las obras de reconstrucción, pero sería acusado de utilizar los fondos destinados a la reconstrucción de una iglesia en la edificación de un teatro. Para defenderse en el pleito que se le había formado, viajó a la península en 1752. Poco después se casó con una viuda rica, circunstancia que le permitiría disponer de recursos suficientes para visitar Italia y Francia, conociendo a la más destacada intelectualidad ilustrada europea.

De nuevo en España, y gracias a la influencia del conde de Aranda, Olavide fue nombrado en 1767 asistente de Sevilla e intendente de ejército de los cuatro reinos de Andalucía, encomendándosele asimismo la puesta en marcha del plan de colonización propuesto por Thürriegel para instalar un amplio número de colonos de origen centroeuropeo en los despoblados de Sierra Morena y Andalucía.

Procesado por el Tribunal de la Santa Inquisición, acusado de atentar contra el orden y la espiritualidad tradicional, fue condenado en 1778 a ocho años de reclusión en un convento; pero dos años después logró huir a Francia donde fue acogido y admirado por los ilustrados franceses. Sin embargo, tras implantarse en el país vecino el régimen del Terror, vio cómo sus amigos eran ejecutados en la guillotina, siendo él mismo perseguido y encarcelado, librándose de la muerte por la intercesión de algunos conocidos. Unas traumáticas experiencias que cambiarían sustancialmente su modo de entender la Ilustración, y que plasmaría en su libro El Evangelio en triunfo o historia de un filósofo desengañado.

En 1798 fue rehabilitado por Carlos IV, regresando a España. Finalmente, falleció en la localidad jiennense de Baeza a comienzos de 1803.


Fuente: Adolfo HAMER, La Carlota, apuntes para su historia, Madrid, Bubok Publishing, 2008, pp. 112-114.